Acrobacia, teatro físico, música, escenografía y vestuario construyen el lenguaje de The Island of Neverland, una nueva historia dentro de un universo conocido.
Nunca Jamás es definitivamente uno de esos lugares que conocemos desde siempre. Sabemos que allí habitan piratas, hadas y niños perdidos. Que existe un capitán llamado Garfio. Que volar es posible y que crecer, quizá, no es inevitable. Es un imaginario instalado desde hace generaciones en nuestra memoria colectiva y, precisamente por eso, regresar a él implica enfrentarse a una pregunta: ¿cómo contar algo nuevo dentro de un mundo que todo el mundo cree conocer?
Esa es una de las preguntas que atraviesa The Island of Neverland, la nueva producción de LETSGO y Balich Wonder Studio, que se estrenó el pasado 1 de octubre en Espacio Delicias y propone una nueva forma de adentrarse en este universo.
La respuesta comienza con Tempesta.
Ella es el nuevo personaje que conduce al público por esta versión de Nunca Jamás. Su historia se adentra en ese universo para plantear un viaje diferente: el de una joven enfrentada a decisiones sobre quién es, quién quiere ser y qué está dispuesta a dejar atrás.
Para Simone Ferrari, director del espectáculo junto a Lulu Helbek, partir de un mundo tan reconocible es al mismo tiempo una oportunidad y uno de los principales desafíos creativos.
El espectador llega con expectativas. Espera encontrar a Peter Pan, a Garfio, a los niños perdidos. El reto consiste entonces en jugar con esos referentes y, a partir de ellos, introducir nuevos personajes, conflictos y elementos que amplían el imaginario de Nunca Jamás.
Sin embargo, hay otro giro inesperado: esta nueva historia se cuenta prácticamente sin palabras.

El idioma que habla el cuerpo
¿Cómo se construye una dramaturgia sin apoyarse en el diálogo?
Acrobacia, danza, interpretación y teatro físico se convierten aquí en distintas herramientas de un mismo lenguaje. Lulu Helbek lo compara con la construcción de una novela gráfica: si en una viñeta son el dibujo, la composición o el gesto los que permiten comprender lo que sucede, aquí son el movimiento, la intención, la música y la relación entre los intérpretes los que hacen avanzar la historia.
La acrobacia, por tanto, forma parte central de la narración.
Esa idea resulta fundamental para Edesia Moreno, coreógrafa y diseñadora de acrobacia, encargada de construir lo que define como el «esqueleto acrobático» del espectáculo. Su trabajo empieza mucho antes de crear cada número: consiste en decidir qué disciplinas pueden existir dentro de este Nunca Jamás y, sobre todo, por qué deben estar ahí.
Cada movimiento debe responder al personaje que lo ejecuta, al momento de la historia y al universo visual al que pertenece. De ahí surge una combinación de disciplinas que incluye alambre alto, mástil chino, trampwall o trapecio volante, entre otras técnicas de gran precisión.
Ese es también el terreno de Gavin Maxwell, director de movimiento, que lleva más de quince años trabajando en teatro físico. Durante el proceso de creación, intérpretes, bailarines y acróbatas trabajaron juntos para construir un vocabulario corporal compartido y evitar una separación demasiado evidente entre «el momento de baile», «el momento teatral» y «el número acrobático».
Un movimiento acrobático puede surgir de la personalidad de un personaje. Una coreografía puede apropiarse de movimientos propios del circo y la interpretación puede terminar convirtiéndose en danza.
Todo pertenece al mismo idioma.

La historia empieza antes de sentarse
Desde el comienzo del proceso creativo, Ferrari y Helbek tuvieron claro que querían construir un lugar al que llegar, no únicamente un espectáculo al que asistir.
Por eso, la experiencia comienza antes de que arranque la representación.
Al cruzar las puertas de Neverland, el público no entra directamente en una sala para ocupar su asiento. Primero atraviesa la isla, se encuentra con sus habitantes y explora los distintos espacios de este universo antes de llegar al lugar donde se desarrolla el espectáculo.
Piratas, hadas, niños perdidos y otras criaturas forman parte de ese recorrido inicial. La historia, de alguna manera, ya ha comenzado.
Para Lulu Helbek, la idea era precisamente esa: que Nunca Jamás funcionara como un destino. El espectador atraviesa un umbral y entra en un territorio que puede recorrer y descubrir antes de que la narración principal se despliegue ante sus ojos.
El espacio deja así de ser únicamente el escenario sobre el que sucede la acción. También forma parte de la experiencia de descubrirla. Hay caminos que recorrer, personajes con los que encontrarse y detalles en los que detenerse. En lugar de observar Nunca Jamás desde fuera, el público tiene primero la oportunidad de caminar por él.
Ese recorrido prepara además el terreno para lo que sucede después. Cuando comienza el espectáculo, los personajes y códigos de la isla ya resultan familiares porque el espectador acaba de convivir con ellos.
Antes de contar la historia, Neverland construye el mundo en el que esa historia puede existir.

Vestir un mundo que no existe
Si el espacio permite reconocer dónde estamos, el vestuario ayuda a entender quién es quién incluso antes de conocer su historia.
Para Nicolás Vaudelet, diseñador de vestuario, crear a los habitantes de esta nueva versión de Nunca Jamás ha supuesto trabajar desde la mezcla.
Las prendas parten de referencias procedentes de culturas y geografías diferentes que terminan conviviendo dentro de un mismo personaje: elementos tibetanos pueden encontrarse con referencias africanas, austriacas, peruanas o masái. El resultado se acerca a un collage capaz de sugerir que estamos ante una comunidad perteneciente a otro universo.
El color es otro elemento clave en ese proceso. Los piratas se identifican con los rojos; los nativos, con los azules; los niños perdidos, con los verdes. De esta manera, el vestuario se encarga también de ir situando al espectador, que puede comenzar a interpretar el mundo a través del color antes de conocer por completo a sus personajes.
Diseñar para Neverland incorpora, además, una dificultad añadida. Las prendas no solo tienen que caracterizar: también tienen que volar. Los intérpretes corren, saltan, se suspenden y ejecutan movimientos de gran precisión, por lo que cada decisión estética tiene que convivir con las exigencias técnicas y de seguridad de la acrobacia.
Una vez más, dos disciplinas distintas tienen que encontrar la forma de trabajar juntas.

Ponerle música a Nunca Jamás
Hay otro elemento encargado de decir aquello que no se puede expresar con palabras: la música.
El compositor John Metcalfe ha creado la partitura original del espectáculo partiendo prácticamente de un lienzo en blanco. A lo largo de una trayectoria que lo ha llevado a colaborar con artistas como Peter Gabriel, Coldplay o U2, Metcalfe ha trabajado en contextos musicales muy diferentes. En Neverland, sin embargo, la composición está constantemente determinada por la narrativa.
Según explica, la música tiene que acompañar el amor, el miedo, la energía, la incertidumbre o el peligro. Tiene que sostener a los intérpretes y ayudar al espectador a interpretar emocionalmente una historia que apenas recurre a las palabras.
Para encontrar ese sonido, Metcalfe regresó una y otra vez al guion, a los directores y a los propios artistas.
Y, sobre todo, a Tempesta.
Porque bajo los vuelos, los piratas y las criaturas fantásticas permanece la historia de una joven que tiene que tomar decisiones sobre el amor, la lealtad, la independencia o el poder. Emociones muy humanas dentro de un mundo extraordinario.

Una isla construida entre muchos mundos
Hay algo más detrás de esta producción que termina infiltrándose también en su lenguaje.
Más de veinte artistas entre acróbatas, bailarines, intérpretes y clowns participan en un espectáculo cuyo equipo reúne profesionales procedentes de países como España, Italia, Canadá, Estados Unidos o Reino Unido.
Para Lulu Helbek, una de las partes más complejas —y a la vez más estimulantes— del proceso fue precisamente conseguir que esas distintas culturas escénicas encontraran un terreno común.
No se trata simplemente de reunir especialidades diferentes, sino de conseguir que todas parezcan pertenecer al mismo universo.
Esa mezcla está presente en prácticamente todos los niveles de Neverland: en una dramaturgia que se apoya en el teatro y en el nouveau cirque; en intérpretes que hablan a través del movimiento; en números acrobáticos que tienen que contar una historia; en un vestuario construido a partir de referencias de distintos lugares y en una música que acompaña aquello que los personajes no dicen.
El resultado es un lenguaje compartido construido precisamente a partir de muchos otros.

La pregunta detrás de Nunca Jamás
Pero en el fondo, la tesis de Neverland es más sencilla —y a la vez más difícil de responder— de lo que parece:
¿Cuándo decidimos que hemos crecido?
Para Simone Ferrari, ahí se encuentra una de las ideas esenciales del espectáculo. Hay momentos en los que tenemos que elegir qué persona queremos mostrar al mundo y, al hacerlo, descubrimos también algo que desconocíamos sobre nosotros mismos.
Tempesta atraviesa precisamente una de esas decisiones.
Ferrari y Helbek querían construir un espectáculo capaz de provocar asombro, pero también de hacer reír, emocionar e incluso llorar. Un relato que pudiera ser compartido por niños, padres y abuelos, aunque cada uno encontrara algo diferente dentro de él.
Porque quizá ahí siga estando la fuerza de Nunca Jamás: en que no habla únicamente de no crecer, sino de decidir qué hacemos con todas las personas que hemos sido mientras crecemos.
Por La Pluma de LETSGO, Claudia Pérez Carbonell, a 14 de octubre de 2026



